Montaña rusa de sentimientos… de principio a fin!

1ª 2020 – Astorga · Foncebadón

No es nuevo para mi. La primera noche fuera de casa, ya dispuesto y deseoso de comenzar a caminar, suelo pasar una noche “raruna”… es algo que me pasa desde la primera vez, también en Astorga, hace ya más de once años. En aquella ocasión se lo achaqué a la cena, algo más copiosa, fuerte y “grasienta” que lo que siempre habíamos acostumbrado… ahora, con algo más de experiencia en cuanto a inicios de caminos, puedo asegurar que los huevos revueltos con patatas y jamón que cene anoche no tienen nada que ver, más se lo achaco a los nervios y la ansiedad por empezar que a las viandas elegidas para la cena.

El caso es que, a la octava o novena vez que consultaba la hora en el teléfono, cuando aún faltaban algo más de quince minutos para que sonase la melodía del móvil, como aviso despertador, me he desenfundado el saco de dormir cual “crisálida” y echado pies al suelo renunciando a seguir, inútilmente en horizontal. Estar solo en la cubículo, asignado la tarde anterior a última hora, me permitía el lujo de poder encender la luz y maniobrar sin temor a molestar a nadie. Recogía los bártulos necesarios para el aseo matutino, (organizados y dispuestos a mano desde la noche anterior, antes de hacerme “larva” dentro del saco) y abría la puerta para dirigirme hasta el frío baño tras cruzar el hall que da acceso a las distintas habitaciones.

Cinco minutos antes de las siete, hora de levantamiento del toque de queda y apertura de puertas del albergue, ya estaba listo, con todo ordenado y guardado, faltaba solo que el hospitalero de albergue Siervas de María abriese la puerta. Como curiosidad, decir que es el mismo que el año pasado me recibió y despidió, solo que esta vez ambos con mascarilla y con mayor tristeza en el semblante.

A falta de un minuto para que sonasen las siete, sentía el gélido vientecillo en lo poco de cara que la ffp2 dejaba a la intemperie, me hacia el selfie acostumbrado a puertas de mi última morada y echaba, deseoso, a volar convertido por fin en “la mariposa”deseada (mariconadas a parte) 😉 era por cerrar el capítulo abierto de la larva y la crisálida…

En mis primero pasos por las solitarias y frías calles de Astorga a penas veía gente, al igual que en el albergue (me fui de él viendo únicamente al hospitalero y a un peregrino que salía de su cuarto en la planta baja para ir al baño a hacer alguna necesidad, a juzgar por la falta del habitual neceser de aseo, toalla y ropa del día). Después de caminar unos veinte minutos por las empedradas calles y antes de alcanzar las afueras, habré alcanzado a ver no más de media docena de personas que abrían o preparaban sus madrugadores negocios, confiterías o cafeterías, algo normal a esas horas, pero que sin ser consciente de ello sería la tónica general en la jornada de hoy.

Cuando empezaba a caminar aún reinaba la oscuridad, aunque ya no era noche cerrada. En el cielo, tras el perfil de las torres de la Catedral de Santa María de Astorga y del Palacio de Gaudi, se percibían ya los tonos azul oscuro intenso previos al despertar del nuevo día, algo que a las claras me dejaba ver que este año, salvo que infrinja las nuevas ordenanzas, lo de caminar en plena noche con el apoyo de la linterna y la luz frontal… como que no! Pero eso no quitará, por suerte, que pueda disfrutar de algunos amaneceres como el de hoy!

Según se anunciaba desde la semana pasada, mis primeros días de este Camino iban a estar bien pasados por agua en toda la zona. El domingo me recibiría Astorga con bien de lluvia, el lunes Foncebadón con nieve, y así sucesivamente, con agua “garantizada” por porcentaje de probabilidades en Ponferrada, Villafranca del Bierzo, O Cebreiro y Sarria… con este panorama a la vista, aun a pesar de partir sin lluvia, salía con una mano en el chubasquero y la otra en el impermeable de la mochila, preparado para adaptarme a una situación de lluvia con la misma celeridad, destreza y coordinación que el equipo Red Bull cambiando ruedas a Verstappen en el Pit Stop del Gran Premio de Alemania en verano de 2019.

Pocos minutos después de dejar atrás la placa franjirroja que anuncia la salida de Astorga, se empezaba a intuir el amanecer… pocos momentos (vividos en soledad) pueden gustarme más que un amanecer… el de hoy no era especialmente bonito comparado con otros, principalmente por el entorno (junto a la carretera y aún con Astorga muy cerca), pero era tan deseado, que hasta me ha parecido bastante precioso.

La temperatura seguía siendo muy fresca tirando a fría, optima para mi caminar, el viento soplaba constantemente, a veces suave, a veces fuerte y por momentos muy fuerte, como cuando está próximo a desencadenarse una buena tromba de agua. A medida que avanzaba y la claridad se iba perpetuando, empezaba a vislumbrar, a lo lejos, frente a mi y en paralelo a mi derecha, unas amenazantes nubes bien cargadas de agua… Por debajo de esos nimbostratos, muy a lo lejos, como a mis diez menos diez, se intuía la elevación montañosa a la que debería dirigirme hoy, iba a ser cuestión de tiempo, estaba claro.

Con alguna que otra paradita para hacer fotos y beber agua, alcanzaba sobre las nueve de la mañana Santa Catalina de Somoza, lo que me indicaba que ya llevaba algo más del primer tercio de la hornada de hoy. El cielo seguía alternando nubes y claros con cierta frecuencia y velocidad dado el viento que acompañaba, pero de momento sin caer una gota de agua, aunque a lo lejos, se veían perfectamente las cortinas de agua que colgaban de algunos de aquellos nubarrones. Yo iba y me sentía bien, aunque con alguna molestia en la parte trasera de los pies, en la zona de los talones, es lo que tiene calzar unas zapatillas nuevas con menos de veinticuatro horas reales de rodaje… me las he puesto a diario cuando he salido con Marian a andar (poco más de una hora) y en mi “simulacro” de treinta y tres kilometros previo al inicio del Camino, pero obviamente, para mi y con los pies que me gasto, no ha sido suficiente. Este hecho me ha obligado a hacer una parada técnica, extra, en Santa Catalina.

Acababa de parar a la entrada de Santa Catalina para, en previsión de la que se me estaba anunciando, cubrir la mochila con el impermeable, ponerme el chubasquero y sustituir la gorra por el gorro de agua, de este modo, cuando unos kilometros más adelante, previsiblemente antes de llegar a la siguiente población (El Ganso), empezase a descargar me pillaría bien pertrechado y no tendría que andar deprisa y corriendo, bajo la lluvia y el viento, quitando la mochila, dejándola en el suelo mojado, calzándome el chubasquero con el molesto viento… en fin que soy un obseso previsor y he decidido “cambiar gomas” antes de que apareciese la lluvia. He aprovechado también la entrada a boxes para ajustarme los cordones de las zapatillas, a ver si de este modo, al ir un poco más apretadas, atenuaba la mordedura que me estaba haciendo la parte trasera, el cuello del talón.

Antes de salir del pueblo he tenido que volver a parar para soltar la carga, quitar el impermeable recién puesto y coger la vaselina. Tras descalzarme por completo, primero me he masajeado la zona con un poco, para después cubrirla bien con una buena capa de la misma vaselina. Una vez todo recompuesto, y en su sitio, volvía a caminar y a asimilar de mejor grado las molestias.

La temperatura no había variado prácticamente en toda la jornada, cierto es que el sol parecía lo suficientemente fuerte en algunos momentos como para caldear la mañana, pero no menos cierto es que el gélido viento no lo estaba permitiendo, aún así para mi la sensación era fantástica para caminar. Lo hacia placenteramente sin querer prestarle mayor atención a la zona afectada después de la parada extra, tras haber tratado la zona y comprobado que no era grave. Caminaba pensando en las percepciones que estaba ya recibiendo en este Camino con respecto a todos los anteriores… apenas había gente en las poblaciones que pasaba, la mayoría de los albergues, tiendas y bares, tanto en Valdeviejas, como en Murias de Rechivaldo y Santa Catalina de Somoza, parecían cerrados, y no por ser aún horas intempestivas, la sensación era de cierre permanente (por traspaso o desesperación). A eso le sumaba la falta de población activa a esas horas, algún bar o albergue que si he visto abierto, estaba desierto… sin los habituales lugareños que acostumbran a merodear de aquí para allá o que husmean a puertas de su casa, de la iglesia, tienda o del bar… no había a penas señales de vida humana por los pueblos que iba pasando, al igual que por las carreteras que he caminado o llevado cerca a la vista o en paralelo, casi no había tráfico. Pero lo que me llamado poderosamente la atención, algo que no recuerdo haber visto nunca en los senderos o andaderos del Camino, es la maleza en el propio sendero!!!

A menudo, mientras voy por el Camino, mi mente me lleva a pensar y a remontarme a siglos atrás, cuando otros pisaban por donde yo piso en ese momento. Intento imaginar en como lo hacian, como vestían, con lo que cargaban, cual era su proceder al llegar a los distintas poblaciones a las que llegaban, como se hospedaban… en fin, flipadas mías, que al tiempo que me entretienen me hacen sentirme pequeño, efímero e irrelevante en el Camino. También suelo pensar, egoístamente, lo afortunado que soy al poder disfrutar del Camino, en días como hoy, para mi solo, sin compartirlo en ese momento con ningún otro peregrino a la vista… si, es una rareza mía, pero nadie se puede imaginar como lo disfruto.

Pues hoy, al ver el sendero con esa inusual maleza que a veces me llegaba a la cintura, pero hasta la rodilla en tramos era constante, y no solo en una cresta central, sino a veces formando hasta “tres calles” paralelas, similares a las que delimitan las corcheras infranqueables de una piscina olímpica, es ahí cuando he podido visualizar aún más claramente la tristeza que envuelve ahora mismo al Camino. Si, el Camino está aquí, el Camino no se mueve, pero el Camino a penas tiene caminantes, peregrinos que lo caminen, que lo pisen y que involuntariamente con su trasiego constante siempre han evitado esa maleza que ahora, en algunos tramos, casi lo invade.

Cuando iba inmerso en estos pensamientos, tristes y dolorosos, porque me traían la cruda realidad que nos está tocando vivir, y todas las miles de víctimas que este 2020 se ha llevado inesperadamente, que nos ha arrebatado de las manos de golpe y en pocos días, sin poder estar junto a ellos, con esta tristeza en la mente y en el alma, dejaba atrás una pequeña carretera comarcal por la que acababa de andar escasamente cien metros y tomaba un sendero que se veía iría alejado de la carretera y con importante vegetación casi boscosa, con el firme tan irregular y pedregoso que me obligaba a prestar atención a donde pisaba dejando a un lado el ensimismamiento en el que andaba… de pronto, a la derecha se me presentaba un vallado que hace de linde entre la finca y el propio Camino. Sobre el vallado, un “tupido manto” de cruces hechas artesanalmente de manera improvisada por cientos, miles de peregrinos que a lo largo de los años han pasado por allí y se han detenido, recogido un par de palos y los han entrelazado al mallado para formar con ellos una cruz… yo he querido pensar que lo habían hecho en memoria de algún ser querido que ya no estaba fisicamente con ellos, pero si en su recuerdo… he echado la vista al frente, hasta donde la vegetación me permitía alcanzar y me ha recordado esos homenajes que algunos han hecho sembrando de pequeñas banderas de España algunos espacios públicos en memoria de los miles de fallecidos en nuestro país desde marzo hasta ahora. He aprovechado el momento y el lugar para recoger dos palos muy pequeños para depositarlos en el suelo, apoyados al vallado, en forma de cruz, al tiempo que rezaba un padre nuestro por todos ellos, y especialmente por los tres más cercanos, mi madre, José Antonio y Rodri. Por último, me he desprendido de una cinta que llevaba en la muñeca desde hace dos años, una cinta que tuvo mucho significado, fue creada a modo de movimiento de lucha, fuerza y fé para vencer al cancer, la creo un gran amigo (sino el mejor) de mi amigo Antonio Corredor. Hoy la dejaba allí, junto a la multitud de cruces de madera, en homenaje y memoria a él, a Valentin y su #yomecuro, y a todos los que después de luchar hasta la extenuación durante mucho tiempo, no lograron vencerlo, pero si debilitarlo haciendo más fuertes a otros muchos que si lo han vencido y vencerán…

Después de aquel emotivo momento, proseguía mi Camino, seguía sin llover, hasta el momento las únicas gotas que habían caído eran resbalando por mis mejillas, pero seguía teniendo pinta de que iba a caer… poco después alcanzaba el punto que me había fijado para desayunar, hasta entonces solo había bebido agua, no es ninguna promesa, pero si una demostración de que no es verdad que no se pueda desarrollar una actividad física sin haberse alimentado (tenemos reservas de sobra). Poco antes de las 11:30 llegaba a Rabanal del Camino, primera población donde pernoctamos en 2009 en nuestro primer Camino, y me dirigía, ascendiendo por la calle principal, al local que nos dio cobijo entonces, La Posada de Gaspar, para tomar algo caliente y salado, que acompañaría con un vino o una cerveza, según lo que fuese… y fue tortilla, de patata, un pincho (no había aún cocina y era lo único salado a calentar en el micro), mi maridaje particular en ese momento se decantaba más por la cebada que por la uva.

En veinte minutos estaba saliendo de La posada, con la mochila cubierta pero sin el chubasquero, el tentempié era evidente que hacia efecto desde el minuto uno y me sobraba el corta vientos o chubasquero, y más aún si no llovía. La rampa ascendente era un hecho desde la entrada a Rabanal y todo hacía presagiar, ademas de mis recuerdos al paso por allí once años atrás, que ya no cesaría hasta alcanzar el objetivo final de hoy.

Ascenso efectivamente continuo, primero con la carretera a la izquierda, pero a cierta distancia, luego, tras cruzarla en un punto, con el asfalto a la derecha, pero sin molestar, por distancia y por la falta de tráfico. A poco del nuevo sendero, tras el cruce por la carretera, el viento a vuelto a ser inestable, racheado, a veces soplando con fuerza severa, el cielo estaba ya muy cubierto, sobre la cima parecía que se empezaban a posar las nubes a modo de neblina, parecía el anuncio de que el agua iba a hacer ya acto de presencia… y efectivamente, por fin apareció. Al principio como una llovizna deslavazada, sin fuerza, con minúsculas gotas que el viento y el frío hacían se percibiese como una ventisca de agua nieve. Al poco la lluvia cogía algo de fuerza y empezaba a caer con más ganas y decisión. Justo en ese momento oteaba no muy lejos mi destino, Foncebadón estaba ya muy cerca y no merecía la pena parar para ponerme el chubasquero, la chaqueta tipo neopreno que llevo seria más que suficiente, por mucho que se endureciese la situación.

Y así fue como, con fuerte viento, algo de agua y bastante sensación térmica de frío invernal, alcanzaba el letrero indicativo de mi primer destino en este Camino 2020. Eran las 12:59 cuando me hacia el selfie junto a él para enviarlo a Marian, Alicia y Carlos informando de que la jornada caminando habÍa concluido… ahora me quedaba alcanzar el albergue, privado en esta ocasión, hotel para ser más exacto y con habitación y baño individual… no me gusta hacerlo, pero en esta ocasión, ante las dudas de si estaría abierto el albergue municipal o parroquial (todo indicaba que no, por lo que me había “mal” informado), opté por reservar algo seguro, y que ayer confirmé y hoy no me ha parecido ético anular, es más, con la que está cayendo también por aquí, incluso me ha parecido bien contribuir un poquito para que intenten salir adelante estos negocios que viven del Camino y dan servicio también a otro perfil de peregrinos, que también tengo en un entorno muy muy muy cercano. Estoy alojado en el Druida, a su cargo está una pareja de chavales que dan un servicio muy correcto, además de ser muy atentos y agradables. Soy su único huésped hoy, aunque a comer han tenido también algún operario de la zona y algún peregrino alojado en otro albergue.

Ahora ya cenado y dispuesto a encamarme, esta noche sin saco de dormir, me queda mecerme en el recuerdo de la maravillosa jornada de hoy, repleta de sentimientos y con la sensibilidad a flor de piel, cargada de recuerdos, con penas, pero también con la alegría de volver al Camino. Un día en el que he llorado y también sonreído, he sentido frío y por momentos sudado, he sentido molestias físicas inusuales en mí en la primera jornada, pero he llegado como una rosa, tanto es así que estuve tentado de continuar al menos un par de horitas más, por suerte no lo hice… pues hubiese chafado lo último…

Después de la reparadora ducha y de comer, antes de empezar a escribir, he abierto el primero de mis trece regalos de cumpleaños! Uno por cada jornada de este Camino, que minuciosamente me ha hecho, preparado y ensobrado Alicia, mi hija, para que los reciba como premio tras alcanzar cada una de las metas fijadas para esta ocasión, y el en primero rezaba este encabezamiento:

ASTORGA · OCTUBRE 2020 · FONCEBADÓN…

Mirad que soy de escribir, pero me ha dejado sin palabras e inmerso en una preciosa llantina de la que me ha costado un buen rato recuperarme, como un paquete de pañuelos de papel después…

Hoy ha sido el primer día, lo he vivido y sentido como si fuera a ser el último, como creo que debo vivirlo, disfrutando a tope dentro de esta montaña rusa… y mañana…

Mañana más! #buencamino

#novoysolo

#vamosjuntos

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