8ª Jornada’09 Portomarin · Melide

Aquel lunes, 13 de julio de 2009, abandonaba la cama de aquella singular cabaña de madera a primera hora de la mañana, cuando aún no se divisaba el rio Miño a través de la ventana, al no haber aún suficiente claridad.

La idea era clara, había que activarse temprano, debíamos ir desfilando de uno en uno por aquel optimizado cuarto de baño, perdón, cuarto de mini ducha, nano lavabo y micro inodoro, que parecía haber sido expropiado a una auto-caravana. Primero fui yo quien se contoneo por aquel pasillin de no más de un metro de largo, desde el quicio de la puerta hasta inodoro, y poco más de treinta centímetros de ancho que separaba la pared de la derecha del lavabo y acceso a la ducha… después sería Marian la que pasaría por aquel “pasillo de lavado” y la seguirían Alicia y Carlos. Mientras yo iba recogiendo bártulos, organizando alforjas y revisando las monturas para, tras el parco desayuno que se ofrecía en la cafetería del camping, iniciar cuanto antes el camino que nos llevaría ese día hasta Melide. Teníamos por delante 39,3Km nuestra jornada con mayor distancia, casi 40 Km y, por lo que había podido leer, con un perfil mayoritariamente ascendente, sin grandes desniveles, pero si con algún repecho considerable. Era evidente que había que empezar a pedalear antes de que el sol ganase grados… en ángulo y en temperatura!

Salíamos del camping tras el cola-cao, vaso de leche y cafés, acompañados de unas magdalenas enfundadas en plástico… vamos que caseras no parecía, y unas tostadas de pan de molde, de esas de dos dedos de alto, acompañadas de confitura dulzona… todo ello servido en la recién abierta cafetería, tuvimos que hacer tiempo en la puerta esperando a que abriesen. A aquellas horas, el silencioso y desangelado local era aún más triste que el desayuno que allí se servía. Empezamos a pedalear dejando atrás, sin más miramientos, el lugar del que habíamos disfrutado la tarde anterior y que tanto descanso físico y seguramente mental nos había ofrecido, con la mente puesta ya en el próximo destino Melide, sin olvidar el largo trecho que debíamos rodar hasta alcanzarlo.

Enseguida dejábamos a la derecha la escalinata de acceso a Portomarín y enfilábamos una pasarela de hierro que cruzaba el rio Miño y al fondo, a la derecha, desembocaba en un sendero que discurría paralelo al margen izquierdo del río. El camino era ascendente con abundante vegetación a ambos lados, grandes eucaliptus y multitud de helechos flaqueaban la senda. Quizá fuese el microclima formado entre la vegetación y la proximidad del río, quizá que aunque aún era pronto el sol se intuía potente, y que además la subida, aunque no muy acentuada, si era constante.. el caso es que el cuentakilómetros aún no había alcanzado el segundo número primo y yo ya estaba sudando… el día prometía y era evidente que habíamos salido más tarde lo que hubiese sido aconsejable.

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Poco a poco, pedalada a pedalada, superamos aquel ascenso y empezamos a roda por un llano entre pinos que nos llevaría a una carretera bastante recta que tuvimos que cruzar para tomar un camino que discurre en paralelo, a ratos a la derecha de la carretera, a ratos por la izquierda de la misma. Y así recorrimos aproximadamente los diez primeros kilómetros, por caminos paralelos al río en inicio y posteriormente junto a la carretera, hasta llegar a un punto en el que el camino deja sendas y andaderos para discurrir por una carretera comarcal, sin señalización horizontal, cuyos límites laterales no son un arcén pintado, ni un guardarraíl, ni un recoge aguas, sino la hierba o las lindes de piedra de los prados que surca la modesta calzada.

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Cruzamos pequeños pueblos sin hacer parada; ni almuerzo ni cigarro! el objetivo era rodar, sin prisas, pero de manera constante para ver crecer el número en el cuentakilómetros y alcanzar el “meridiano”, las dos decenas… ese era el primer objetivo sicológico. Y así, tras pasar Castromaior, El Hospital de la Cruz, Ventas de Narón y otros tantos pueblos, siempre rodando por asfalto o muy cerca de él, sin apenas coches y alcanzando y dejando atrás constantemente a peregrinos caminantes, alcanzábamos Lestedo al tiempo que superábamos la primera mitad de la jornada y aprovechábamos para hacer una pequeña paradilla, desenfundar la Nikon y hacer unas fotillos junto al cruceiro y una flecha indicadora del camino hecha de vieiras pintadas de amarillo…

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Alcanzar la mitad de la jornada nos revitalizo. Aportó optimismo, alegría y frescura al minúsculo pelotón. Habíamos hecho ya la mitad y, aunque habíamos tenido un par de subidas importantes, había sido llevadero y más rápido de lo que esperábamos… desde aquel punto fuimos más relajados, parando aquí y allá, para ver una iglesia, para hacer fotos, dar buena cuenta de un montado le lomo o bacón con queso con un refresco o cervecita gélida… sí sabíamos que nos quedaban todavía unos cuantos kilómetros, pero nada que no pudiéramos hacer, solo había que pedalear y avanzar, incluso si se nos presentaba una subida intratable, ya sabíamos la solución… pie a tierra y a subir andando tirando del manillar hasta que se moderase o diera paso a un llano o incluso a una bajada, porque si algo habíamos aprendido en los siete días que llevábamos pedaleando era que por dura que fuese la subida, siempre tenía fin, al igual que las bajadas… solo que se llevaban de manera distinta.

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Y así, con paraditas aquí y fotitos allá, el cuentakilómetros crecía al tiempo que atravesábamos pueblos, unos más grandes, como Palas de Rei, otros prácticamente aldeas, Pontecampaña, Casanova, O Coto… y así, por senderos, caminos o tramos de carretera local, llegábamos finalmente a Melide y pudimos comprobar, desde el primer momento, que quizá era cierta aquella “leyenda” que asociaba de manera inseparable al pueblo de Melide con el pulpo a feira… El camino por el que entramos nos llevó a una de las calles/carretera principal de Melide, casi frente a la Capilla de San Roque, y allí mismo en la esquina, una pulpería cociendo y preparando el género a la vista, la pulpería Taboada y unos metros más allá, la pulpería Ezequiel, de rezumante solera y tradición… seducían nuestros estómagos agradecidos. Pero antes había que localizar el Hotel Xaneiro, donde pasaríamos aquella noche.

No tardamos mucho en encontrarlo, un establecimiento que no tenía desperdicio, al que nunca hubiésemos ido aunque fuese el único hotel en la población, estando dispuestos seguramente a recorrer 10, 15, 20 o más kilómetros hasta otra población en busca de otra oferta hotelera, pero claro, eso cuando vas en coche y de turista, cuando vas de peregrino, en bici o andando, el filtro de exquisiteces se vuelve menos exigente y gana en practicidad. Era un Hotel privado, posiblemente de principio de los 70, mucho espejo y cristal a la entrada, junto al bar/cafetería del mismo y que da servicio a diario a los vecinos desde primera hora y hasta echar el cierre a eso de las once de la noche. Una vez dejamos las bicicletas en una zona reservada en el garaje, subimos a las habitaciones para dejar las cosas, darnos una ducha rápida y vestirnos con la ropa de calle, todo ello sin poder dejar de pensar en el pulpo afeira y, una vez dentro de la habitación, la verdad es que estaba limpio, era sencillo o no, depende de cómo se miré, pero lo que era innegable es que por allí hacia mucho que no pasaba el tiempo… estaba perfectamente conservado en la esencia de los años en que se había inaugurado… pero estaba limpio, el agua estaba caliente y lo más que podía pasar es que te cruzases en el pasillo a Jose Luis López Vázquez, a Paco Martínez Soria o Carlos Larrañaga… por lo demás, todo estaba bien y por “solo” 60€ los cuatro en régimen de solo alojamiento…

Tardamos lo justo, o un poquito menos, en salir de allí los cuatro para ir andando, a buen ritmo, al solventar ese tema pendiente… entramos por la puerta de la pulpería buscando mesa y enseguida nos ubicaron en una mesa corrida de madera, de más de dos metros de largo, con bancos a ambos lados. Allí, sentados a pares, unos frete a otros, enseguida pudimos disfrutar del riquísimo pulpo de Melide, el mejor pulpo de Galicia dicen, y no pudo aseverarlo, pues no lo he probado todo, pero sí puedo decir que es de los más ricos que he comido, sino el más… quizá algo tenga que ver la disposición que como peregrino o bicigrino se tiene después de haber andado o pedaleado unas decenas de kilómetros hasta llegar a aquel santuario gastronómico.

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Tras habernos puesto orondos de pulpo, chorizo, lacón y bien de pan gallego de hogaza, en mi caso regado con Estrella Galicia, fuimos a dar un paseo por el pueblo, a un ritmo mucho más sosegado, compramos alguna pequeña necesidad y algún pin del Camino, para después llegar al hotel y pasar la tarde en una de las mesas del bar echando unas partidas al cinquillo, a burro y juegos de cartas de ese tipo… escribir alguna anotación de la jornada, leer un poco, ver la televisión y hacer tiempo hasta la hora de tomar una sopa en la misma mesa y después subir a aquella habitación ajena al paso del tiempo para descansar, o intentarlo, si el arqueado colchón y sus muelles no lo impedían… para al día siguiente afrontar la que sería la penúltima jornada, la que nos llevaría a Pedrouzo, la antesala de nuestra llegada a Santiago.., pero eso sería ya otro día…

Buen Camino!

 

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