4ª La etapa reina… O Cebreiro.

Villafranca del Bierzo – O Cebreiro (9 de julio 2009)

Esta cuarta jornada empezaba temprano y no variaba en inicio de cómo habían sido las tres anteriores… ducha, desayuno, preparar bártulos y a fijarlos firmemente en la bici de Alicia y en mi Bianchi.

Por lo que nos habíamos documentado, leyendo guías y algo en internet, era 2009… Google sabía mucho, pero no tanto como hoy…  además, los últimos dos días, el comentario generalizado del entorno apuntaba a que este cuarto día nos íbamos a enfrentar a “La etapa reina del Camino Francés”. Todos coincidían en que era, sin duda, la jornada más dura para los peregrinos y de manera muy especial para los bicigrinos… ya no por la diferencia de altitud que se ganaba, de 500 a los 1.300 metros, sino por el fuerte y continuo repecho de los últimos 8 km y, por lo que decían, al principio había tramos imposibles…

Todo ello hizo que madrugásemos, desayunásemos, calentáramos y estiráramos como nunca antes lo habíamos hecho… ninguno lo decíamos abiertamente pero, internamente sentíamos, cada uno a su manera, cierta congoja, incertidumbre o tensión ante lo que previsiblemente teníamos por delante.

La temperatura a primerísima hora del día era fresquita, más aún con la humedad reinante en el ambiente… ya lo sabíamos, por mucho que fuese julio, en León y concretamente en esa zona, el termómetro no hace caso a estereotipos válidos en muchas zonas de España en julio o agosto. Partíamos bien pertrechados para el momento. Sudadera o polar en la parte de arriba, braga o pareo alrededor del cuello y pantalón o culote para el tren inferior… alguien del grupo siempre tuvo como máxima eso de… .-por las piernas no se coge frío.-

Unos 30 Km por delante, que en bici no es gran distancia, pero no todos estábamos preparados para el trecho, firme y desniveles. íbamos a salir de León, dejando atrás tierras castellano-leonesas para entrar a Galicia por la provincia de Lugo.

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Los primeros kilómetros fueron muy llevaderos, discurrían por un carril peatonal junto a la antigua N-VI, ya casi en desuso por las comodidades que ofrece la cercana A-6. No obstante el carril habilitado para los peregrinos estaba bien protegido. Un muro de hormigón, de los empleados generalmente para separar el sentido de los carriles, marcaba la senda y daba seguridad ante el tráfico, escaso pero en su mayoría pesado. En este primer tramo se pasaba junto a los grandes pilares del viaducto de la autopista, no era bonito, pero si impresionaba… pocos kilómetros más adelante abandonábamos “el riel”, para cruzar con precaución, no sin peligro, la nacional y tomar un camino ligeramente ascendente, flanqueado por grandes chopos y castaños afines a la rivera del Valcarcel, que nos introdujo en el primer pueblo… Pereje, y digo pueblo siendo generoso. Se trataba de una “aldeina” que, por lo que pudimos ver, contaba posiblemente con más vacas que lugareños, pero que han sabido sacarle beneficio moderado a una multitud que, día a día a lo largo de todo el año, transita por su única calle durante escasamente tres minutos…

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Atravesando Pereje, aproximadamente a mitad de calle, echábamos el pie a tierra frente a un establo en el que relucía, junto a la puerta, una hermosísima vaca pasiega. En el interior, cuatro vacas más, igual de guapas, nos provocaban asombro y hacían que nuestros alborozo al contemplar algo tan sencillo (natural e irrelevante para un lugareño, pero excepcionalmente distinto y curioso, incluso bello para alguno de nosotros), alterase el orden disparando los decibelios e hiciese salir de la casa frente al establo, a la propietaria del ganado, quién pudo comprobar como entorpecíamos con nuestras cuatro bicicletas la vía principal y, restándole importancia, nos invitaba a entrar para ver las bestias de cerca y tocarlas. Al tiempo mostraba interés interrogándonos con cuestiones sencillas como ¿de donde éramos?, ¿de donde veníamos? y si ¿íbamos a O Cebreriro?, y aprovechaba para ofrecernos unos productos naturales de la zona recolectados o hechos por ella misma con la leche de las vacas que admirábamos… .-tengo ahí unas moras y frambuesas recién cogidas o si quieren, unas filloas o bollos que acabo hacer esta mañana después de ordeñar.-

Vamos, que estábamos ante que lo que a diario llamamos campaña de marketing, solo que sin intermediarios, ni agencias, ni agentes, ni prescriptores pagados. Fue un impacto directo incluso con prueba de producto sin lineales ni azafatas de por medio… sea por defecto profesional al valorar positivamente la estrategia, la implementación y puesta en escena o simplemente porque el producto entraba solo por los ojos en aquel escenario aparentemente casual y natural, que… compramos! Nuestro desembolso no llegaría a los 4€, pero nos hacía sentir que de algún modo estábamos compensando “el escándalo, obstrucción y desorden” organizado con nuestro hallazgo en aquel placido y calmado lugar.

Nos despedíamos de aquella “atracción vacuna” y de la gerente del “complejo turístico”. Posábamos nuevamente las nalgas sobre el sillín y comenzábamos a pedalear para, ni un minuto después, dejar atrás Pereje por un camino similar al de entrada y volver a acceder al carril blindado paralelo a la nacional. Simplemente, ¡curioso! . Poco más adelante se repetiría la secuencia… cruzar con cautela la carretera, tomar un sendero boscoso de castaños centenarios que nos llevó al segundo pueblo de esta jornada, Trabadelo, mucho mayor y que al menos multiplica por 6 o 7 el número de calles respecto al anterior.

Aquí, ante el constante temor de lo que nos esperaba por delante, aprovechamos para hacer una paradita en el bar que había a la entrada, a la derecha, justo frente a unos indicadores direccionales señalando de donde veníamos (Villafranca del Bierzo) y uno de los próximos pueblos por lo que tendríamos que pasar (Vega de Valcarcel), apoyamos nuestras monturas entre ambas placas y entramos a picar algo… pedalear pedaleábamos pero comer… también comíamos… no fuese a ser que nos diera una pájara de esas…

Media hora después, la vida ya la veía de otra manera. Con el buche portando algo saladito y el regustillo de una cervecita fresquita en el gaznate, íbamos a emprender camino pero debe ser que el ejercicio acumulado, el sol y las viandas, hacían que sobrará ya alguna capa… nos despojamos de sudaderas, polares, braga y pareo al cuello para reiniciar la marcha, ya con gafas de sol puestas. Una parada poco metros más allá para fotografiar la iglesia y cuando nos disponíamos a salir de Trabadelo…

¡un imprevisto! La rueda delantera de mi longeva Bianchi mostraba evidentes síntomas de debilidad y flaqueza… ¿habría pinchado? Pero, ¿cómo era posible? si había inyectado “el gel mágico” en las ruedas de las cuatro bicis. Algo no había funcionado pero la cosa no sería complicada, era solo cuestión de darle aire con la bomba de mano y la propia presión empujaría el gel para tapar el posible pinchazo.

Parada obligada para, sin desmotar nada, únicamente la pequeña bomba infladora que portaba Carlos en su bicicleta, y ajustar la bocacha a la válvula para… pim pam, pim pam, pim pam… liarme a darle aire, pim pam, pim pam, pim pam, y aire y más aire pero nada… que no entraba una brizna en la ruedita de las narices… .-me voy a cagar en la rueda, en la mierda de mini-bomba que he traído y en el puñetero calorcito que está empezando a hacer… y ahora ¿qué leches hago?, ¿dónde puñetas habrá una gasolinera para darle aire con un compresor?.-  yo, y mis conversaciones conmigo mismo… preguntas que no esperan respuesta pero sirven para dar con posibles soluciones. El contratiempo, con todo lo que nos quedaba por delante, era desalentador pero había que actuar y dar con un remedio que nos permitiese continuar. A los dos minutos habíamos acordado cual iba a ser la solución. Preguntaríamos en el bar dónde y a que distancia estaba la gasolinera más cercana (esperábamos y rezábamos para que no estuviese más allá de 10 o 12 kilómetros), desmotaría la rueda, me la cruzaría en bandolera a la espalda, con una de las correas y pulpos que llevábamos para asegurar la carga, e iría hasta la gasolinera, le daría aire y desharía el camino para volver a montar la rueda y reemprender el camino.

¡Manos a la obra! Desmontada la rueda y estando preparando el hatillo para colgarla en la espalda y acercarme al bar para preguntar por la gasolinera, se nos iluminó la cara a todos al ver como se nos aproximaba un hada madrina en forma de pareja de la Guardia Civil en su flamante coche. No dudamos un segundo en llamar su atención levantando la mano y haciendo gestos para que parasen. Después de explicarles la situación y preguntarles por la gasolinera más cercana, se ofrecieron amablemente para hacer acercarme hasta ella, darle aire o reparar allí el pinchazo ya que había un pequeño taller al lado y volver a dejarme en el mismo sitio donde me estaban recogiendo… Así lo hicimos. Por suerte la gasolinera no estaba muy lejos, a poco más de 5 km. que con la bici de Alicia, sin alforjas, no me hubiese supuesto mucho más de media hora ir y volver a buen ritmo, pero mira, eso que me había ahorrado, que era muy de agradecer tratándose de la etapa reina…

Por fin, tras colocar cada cosa en su lugar, poníamos rumbo a O Cebreriro, del que aún distaban casi 20 km. Primero rodábamos por una pista asfaltada sobre la nacional, para al poco volver a incorporarnos al carril peatonal paralelo a esa misma vía que nos llevaría hasta La Portela de Valcarcel y pasado este pequeño pueblin, abandonar definitivamente la nacional y su carril peatonal para tomar un sendero y llegar a Ambasmestas, un pequeño y cuco pueblo de piedra que atravesaríamos también sin hacer parada en dirección al siguiente pueblo, La Vega del Valcarcel, un municipio considerable en tamaño respecto a todos los anteriores en los que no hubo parada. A esas alturas, por el cálculo que hicimos viendo el mojón kilométrico del camino, aún nos restaban unos 12 o 13 kilómetros para llegar y en teoría en 4 o 5 empezarían los fuertes repechos… parecía como si quisiésemos enfrentarnos “al ogro” cuanto antes… por lo que sin parar de pedalear, a buen ritmo pero sin excesos, pronto alcanzábamos y dejábamos atrás Ruitelán para encontrarnos con una fuerte pendiente que nos hacía dudar de si estaríamos ya en los primeros tramos de la subida a O Cebreiro… enseguida descubrimos que no, que solo se trataba de un repecho que daba paso a una bajadita que nos llevaría hasta ¡La Herrería! Este si era el sitio marcado en nuestra memoria como el último para hacer una parada antes de enfrentarnos al gran reto del ascenso.

Pasado el pequeño pueblo o aldea de La Herrería, junto a lo que fue el Hospital de peregrinos, hicimos una parada en un pequeño bar para descansar y reponer fuerzas de cara a recorrer los poco más de 8 Km que nos faltaban y que según la leyenda, eran tan duros. Allí coincidimos con otros 5 o 6 “aventureros”, 2 de ellos también bicigrinos, el resto caminantes. La pareja de colegas ciclistas iba bien equipada; con bicicletas de montaña, culotes y maillots, además de unas pequeñas alforjas en una de las bicis y en la otra unas más grandes, al igual que en nuestro grupo solo llamaba la atención la edad de uno de sus componentes.. era un chaval de 10 años que iba junto a su padre haciendo el camino desde León. Mientras ellos daban fin a su avituallamiento y nos preparaban el nuestro, comentamos entre todos como estábamos viviendo la experiencia ambos grupos, destacando el hecho de que a la gran mayoría de peregrinos y lugareños con los que tropezábamos coincidían en el asombro de ver como dos jovenzuelos de 10 años se habían lanzado a hacer el Camino en bicicleta… ellos, los dos benjamines, se sentían orgullosos del protagonismo y de estar alcanzando día a día el objetivo. Empezamos a darle salida a los singulares “montaditos” de la zona, difíciles de sujetar con una sola mano, mientras padre e hijo se preparaban para partir hacia la ascensión. Nos despedimos definitivamente pues no volveríamos a coincidir. Su plan era pasar por O Cebreriro, sin parada, y aprovechar la posterior bajada, para llegar hasta Hospital da Condesa, donde si todo iba bien pasarían noche en el albergue.

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Nuestra expedición dio fin del bacón y lomo plancha, unos con queso otros sin él, que dieron al pan hasta entonces volumen, sabor y color al rebosar por los cuatro costados. Apuramos refrescos y cervezas. Llenamos las botellas de agua fría y envalentonados, enfilamos el sendero que nos daría de morros con la primera “pared” de la subida…

Justo al abandonar el sendero que nos traía desde el bar, al hacer el giro que la flecha amarilla nos indicaba,  entrabamos en un camino de asfalto, bien enarenado, con un desnivel imposible en los escasos primeros 30 metros. La intención, de al menos tres de los cuatro miembros, fue poder con la primera embestida… ni la más atleta del pelotón pudo hacerlo. Cierto es que casi alcanzo el final de esa primera recta antes de llegar a un nuevo giro a la izquierda… el pequeño Carlos no dio con la mejor combinación, de plato y piñón, antes del inicio del repecho, lo que le obligo a echar el pie a tierra mientras decía algo parecía a .- que mierda, ¡jovar! se me ha bloqueado el cambio.- y yo, nada más ponerme en pie y echar el cuerpo hacia adelante apretando manillar y la puntera del pie adelantado, para obligar bajar al pedal, al sentir como la rueda trasera patinaba, sin agarre, sobre la tierra que cubría el asfalto, solo tuve una duda… si hubiese sido capaz de subir únicamente con mi peso y el de la bici… lo seguro es que con los 25 kilos que llevaba en las alforjas, ese tramo era imposible para mí.

Subimos aquella primera rampa a pie, tirando del manillar de las bicicletas, hasta la primera curva, y la segunda hasta la siguiente y la tercera… y muchas más! Desde aquel momento no hubo quién pedalease más del 50% de la distancia restante. Como a un kilómetro, o algo menos del primer giro, el camino daba alternativa a los caminantes, teniendo que elegir entre subir por un sendero ascendente, desconocido para nosotros, o el obligatorio para los bicigrinos… la asfaltada carretera zigzagueante.

A aquellas horas, el sol casi vertical era un sofocante castigo difícil de aguantar para todos y, en el caso Carlos, además  costaba entender porque teníamos que pasar por aquello, como si no comprendiese que no había otra alternativa que seguir andando tirando de su bici o subirse en ella y pedalear… así lo hizo, al ritmo que podía y con la estrategia que inteligentemente su madre le propuso para poder avanzar y combatir aquel asfixiante calor… .-vamos a hacer una cosa, hijo, tú y yo vamos a hacer pequeñas etapas en la subida. Vamos desde esta sombra hasta aquella que hay allí arriba. Yo subo andando, tu sube en bici o andando cuando no puedas más, y me esperas en aquella sobra que hay pasada la curva, debajo del árbol, ¿vale?.-

Alicia y yo nos habíamos fijado otra estrategia distinta… no la pusimos en  común pero sabíamos cuál era… Acabar aquella infernal subida, llegar a O Cebreiro de una puñetera vez, beber agua fresca (sin temor a que se vaciase la botija), dejar las bicis, darnos una ducha, calzarnos las chanclas y descansar… Los dos tirábamos por separado, cada uno a su ritmo pero sin perdernos de vista entre nosotros, y con un ojo puesto en los “compinchados” estrategas perseguidores… Además de las paradas que Alicia y yo hacíamos para beber, descansar y no perder de vista a “los otros”, hubo alguna parada comunitaria donde la sombra generosa daba para ello, pero no se prodigaban en exceso… No sabría decir el tiempo que invertimos en la subida, posiblemente algo más de dos horas.

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Después de mucho caminar y/o pedalear, tramo a tramo, sombra a sombra, casi exhaustos, llegábamos a un punto en el que se atenuaba y enderezaba el empinado serpenteo de la carretera y, el barranco que nos acompañaba por la izquierda desde el inicio, se allanaba convirtiéndose en una explanada de hierba acotada por una arboleda a su izquierda, la carretera que nos guiaba a derecha y al fondo esta misma que giraba y separaba de una zona boscosa, sin desnivel a la vista. Todo indicaba que al fin habíamos coronado o poco nos faltaría.

En esa pequeña pradera de la izquierda nos llamó la atención lo que vimos. Se trataba de una caravana o rulot acampada frente a un remolque de los habilitados para el transporte de animales vivos… no tardamos en reconocer allí al pequeño grupo de caballistas con el que habíamos coincidido el día anterior en Pieros. Al llegar a su altura, hicimos una parada para, con la excusa de contemplar los caballos, tomar resuello y celebrar con el resto del pelotón el logro. Al cruzar unas palabras con los peregrinos a caballo, e identificarnos como los que habíamos presenciado el incidente o accidente de uno de ellos el día anterior; no hubiese sido necesario (Carlos no les pasó desapercibido), nos enteramos que su compañero accidentado, el que “por suerte solo había sufrido un fuerte leñazo sin más consecuencias”, había tenido que ser trasladado y hospitalizado posteriormente con distintos e importantes traumatismos.

La noticia parecía ser el colofón a una jornada en la que nos habíamos encontrado con la cara más dura del Camino, algo que aunque hubiésemos leído, oído o imaginado, desconocíamos en primera persona.

A menos de 500 metros del campamento equino estaba O Cebrerio cuya primera imagen nos cautivó. La palloza que en la entrada, a la derecha, recibe y da la bienvenida a los agotados peregrinos, atenúa parte del sufrimiento padecido desde La Herrería hasta llegar allí. Las piernas y el rictus se destensan con el hallazgo. Esa primera palloza y el resto de edificaciones similares, todas en piedra, muchas con el tejado cónico cubierto de tallos de centeno u otras gramíneas, y todo el entorno… te transportan a otra época, a un poblado celta o a un comic de Astérix y Obélix, y curiosamente sin sentirte extraño, con semejantes pintas, en aquel entorno.

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Enseguida localizamos el alojamiento concertado desde hacía tiempo. La casa rural Venta Celta, ¡un oasis! en aquel momento. Hechos los papeles para formalizar la entrada y garantizar el pago… Tiramos las bicicletas en el cuartucho reservado para tal fin y subimos hasta las habitaciones. Con dos camas y un baño con una ducha de chorro y lluvia de ensueño en cada una de ellas, deshicimos mínimamente equipajes, nos dimos una reconstituyente duchita para, una vez aseaditos y con “muda limpia”, buscar un sitio donde comer algo, teniendo en cuenta que era más o menos la hora del té, y que más que por hambre, lo hacíamos por no perder una toma

Engañamos mínimamente el estómago, con algo caliente nada reseñable, y nos acercamos hasta la iglesia que, con independencia de creencias y/o religiones, poseía un imán para atraer cualquier mirada. Su forma, figura, tamaño y construcción pétrea captó nuestra atención e hizo que nos aproximásemos jubilosos, con la boca semi abierta admirando su hermosa sencillez. Mientras me acercaba, pensé que aquella pequeña iglesia, tan distinta a la Basílica de San Pedro, me inspiraba más cercanía y daba más credibilidad a lo que cuentan las escrituras… que el gran templo de la ciudad del Vaticano.

Nuestra entrada en el antiquísimo templo coincidía con el inicio de la misa de tarde o misa del Peregrino, por lo que aprovechando ociosidad y dado que el marco invitaba, nos quedamos a oír misa y… ¡las cosas del Camino! El párroco comenzó anunciando que aquella misa iba a ser oficiada por un sacerdote que junto a un grupo de peregrinos estaba de paso haciendo el Camino, todos ellos eran, casualmente de Alcalá de Henares… nada trascendente pero si curioso.

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Después de la misa, un paseíto ligero ya que el sol se retiraba y la temperatura caía apresuradamente, por lo que tras alguna foto en aquel poblado de película, buscamos cobijo en nuestra guarida de aquella noche. El día había sido intenso, habíamos cubierto, no sin sufrimiento, la cuarta jornada y al día siguiente habría que volver a pedalear…

Pero eso ya sería otro día… la 4ª ya la teníamos hecha… ¡Buen Camino!

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